El monte mágico

Te cuento, Guillermo.

Como recordarás, primo, mi hermano Benjamín había heredado la locura de mi padre por la montaña. Sobre todo por el monte que domina la ciudad, al que se accede por el sendero que parte del patio trasero de nuestra casa. De pequeño, nuestro padre nos llevaba allí en cuanto tenía ocasión, así que, tras su muerte, cada acontecimiento —trascendente o nimio— de nuestras vidas era una excusa para recorrer en procesión las lomas sembradas de rocas que conducen a su cumbre. Tú lo viviste en más de una ocasión: cualquier pensamiento íntimo, en su seno, se convierte en una obsesión; toda duda se tiñe de certezas cuando recorres sus caminos. Allí fue donde te perdiste a tus 4 años de edad, cómo olvidarlo. Allí aprendimos a leer las estrellas en las noches interminables de verano en que veníais la tía Almudena y tú a visitarnos. Allí fue donde Benjamín y tú tuvisteis vuestro primer escarceo amoroso, él con la prima Amelia y tú con su amiga Inés (no recuerdo por qué no invitamos también a Belén y me hubiera unido a la fiesta: ¿en qué estaría yo pensando?). Y allí es donde descansan las cenizas de papá, entre alcornoques centenarios. Para todos, incluido tú, ese monte parece estar hecho de imanes, pero solo Benjamín traspasó los límites de lo imaginable.

Ya sabes que mi hermano era un tío un tanto esotérico. Leía con fruición todo tipo de libros, antiguos y modernos, de encantamientos, leyendas, mitos y ritos ancestrales. En los últimos tiempos no tenía freno, comenzaba ya a ser un tema preocupante. En su taller de escultura reproducía muchas de las historias y figuras que leía en esos libros, cuando no se las inventaba con esa fantasía que le hacía volar cada vez más alto. Entonces le dio por fundirse en sus pasiones —montaña, leyenda y arte— y crear las estatuas rupestres de seres y símbolos mitológicos que aún se pueden encontrar en el monte desperdigados entre el musgo y la hojarasca. Sí, eso ocurrió en la época en que le sacaron en ese programa del canal diez, sé lo que estás pensando. El presentador fue un canalla, se reía en su cara explotando esa faceta de lunático exoftálmico que a la sazón exhibía ya mi hermano. Nuestra madre le llamaba la atención por lo descuidado de su vestimenta, por la extravagancia de su lenguaje, por sus desaires. Cuando caminaba, le rodeaba un vacío, un vano que olía a jara, cantueso y tierra. Benjamín estaba absorto, con la candidez del iluminado que se cree acreedor de la verdad. No sabes cómo se irritaba cuando se le contradecía. Él había visto esa verdad, y los demás éramos ajenos a la causa de su transformación, a los pormenores de esta revelación.

Una tarde no regresó del monte. Ese fue el momento en que el halo se convirtió en abismo. Apareció días después, habiéndose refugiado en covachas y troncos muertos ahuecados, con la mente arremolinada, deshidratado, malnutrido y herido, con restos de vómitos y de fango en la ropa ajada. La bronca de nuestro padrastro no sirvió de nada. Fue en esos días de desfase, de distanciamiento progresivo, cuando se cayó para atrás de un taburete al ir a cambiar una bombilla fundida de su taller. Se desnucó, Guillermo, sin más. Estarás sorprendido. Nada de suicidio, como se encargaron los vecinos de difamar. Se la tenían jurada desde que Toni, «el cani», el del segundo de nuestro bloque, se le encaró en una de esas veces que regresaba como trastornado del monte. Porque, primo, Benjamín sufría de alucinaciones y montaba delirantes historias de persecuciones imposibles en su cabecita atolondrada, y probablemente discutieron en el rellano de la escalera, no sé. Benjamín se había convertido en un salvaje del que todos huían, y a nadie, salvo a nosotros, importó su muerte. El resto es historia.

Desde ese fatídico día no había vuelto a pisar el taller de mi hermano. Tampoco he hablado sobre él con mi madre. Ni con nadie, salvo ahora contigo. Pero el velo de silencio que dejó tras de sí no impidió que me atormentara una y mil veces la misma pregunta. Qué fue lo que le disolvió los sesos, lo que trastocó sus sentidos. Qué había en ese monte. Aunque no fue la curiosidad lo que me movió a entrar en el estudio, sino algo más prosaico. Necesito alquilar el local, primo, estoy mal de pelas, no logro encontrar un puto trabajo que me dure más que un puñado de semanas, y el negocio de flores secas de mi madre es una ruina, como lo es también ella misma desde que Benjamín se nos fue de las manos. Así que hice acopio de ventolines en previsión de los ataques de asma por el polvo removido y me sumergí en el taller con un ejército de aspiradoras y fregonas.

A partir de ahora sé que no vas a creerme, como tampoco yo daba crédito a lo que encontré bajo ese poso de olvido. Benjamín era así, insondable, era imposible rastrear las huellas que dejaba a su paso. En la mesilla de noche del camastro que tenía para echar sus sueños en las noches en que trabajaba en aquel taller, hallé, bajo llave, un cuaderno con mil anotaciones en letra minúscula, repleto de notas, recortes de revistas, fotocopias, postits. Y un escueto diario. Y en el pequeño retrete del estudio, unas cuantas cajas amontonadas de libros, informes y manuscritos. He tardado muchos meses en descifrar todo aquello. La conclusión a la que he llegado es que su enajenación no era producto de la locura, como todos pensamos. Al menos, no de un devaneo del destino, sino de una intoxicación, lenta pero inexorable.

Te explico. Benjamín tendría muchos defectos y parecería un voladero, pero era en realidad un voraz estudioso. Minucioso, curioso, riguroso. Pasaba días enteros en librerías y bibliotecas antiguas, donde consultaba febrilmente archivos y documentos a los que nadie hacía caso. Si descubría en un libro algún hecho que le ayudara en su investigación, se dirigía a sus fuentes para contrastar los datos, y acto seguido, se lanzaba de bruces contra el monte para experimentar en sus carnes u observar con sus propios ojos lo que afirmaban los eruditos. Así fue cómo poco a poco fue hilvanando su tesis.

la litolatría es una de las formas más antiguas del culto naturalista

Guillermo, tú sabes que lo que diferencia este monte de los demás son sus canchos. Esas formaciones monstruosas de puro granito que los elementos han ido erosionado hasta esculpir caprichosas maneras que remedan seres u objetos, reales o imaginados. Todas las civilizaciones que han pasado por estas tierras —romanos, sarracenos y cristianos, y, mucho antes que todos ellos, los vetones— han practicado la litolatría. La adoración por estas piedras sagradas perdura hasta nuestros días, y por eso este monte es un monte mágico, donde hasta los jóvenes mantienen sus propias liturgias y leyendas. Para los antiguos, estos peñascos eran el eslabón entre el reino de la tierra, los cielos y el infierno, la conexión entre dios y los hombres. Pero esa comunicación solo se puede establecer a través de la perturbación de los sentidos. Atraídos por las sombras que alarga el atardecer, bajo ese estado crepuscular de la conciencia en que las formas cambian su significado, los personajes proscritos de la tribu —los forajidos, los chamanes, los que veían más allá de lo aparente — caían en un trance en el que traducían el lenguaje mágico de los espíritus al resto de los mortales.

Principios del pensamiento mágico:
Primero, lo semejante produce lo semejante. Es la magia imitativa u homeopática.

En este ritual iniciático las drogas eran propiciatorias, aunque no siempre necesarias. Tú mismo fuiste testigo de lo sugestionables que somos: ¿aún recuerdas cuando mi padre, a la luz de la lumbre, nos contaba aquellas viejas historias y nosotros nos estremecíamos al creer ver en los canchos la silueta de una tortuga, el cráneo de un gato, las muecas retorcidas de dolor del rostro de una mujer? Pareidolias, las llaman, conexiones sensoriales entre formas aleatorias y patrones definidos, generalmente humanoides, que alimentan leyendas y conjeturas hasta en las personas más racionales. Es el principio homeopático del pensamiento mágico: «lo semejante produce lo semejante». Si parece un espíritu, entonces es y se comporta como un espíritu. Y los espíritus, ya se sabe, nos conducen igual al averno que al paraíso.

Según los expertos de los libros de culto, la sustancia alucinógena más utilizada en las ceremonias iniciáticas era la seta Amanita muscaria. Prueba de esto, para ellos irrefutable, era la veneración por las rocas con forma de hongo, que se creían los ombligos del mundo, los vestigios del vínculo entre vivos y muertos. Y aquí llegamos al punto en el que Benjamín sufrió la epifanía que condujo a su destrucción.

Digitalis thapsi

El tipo de suelo —pobre en nutrientes, duro en minerales—, el clima extremo y la ausencia de bosques hacen difícil que aquí prolifere la amanita. Por contrario, esas son las condiciones ideales para la digital, la planta de la que se obtiene la digoxina, un fármaco para las arritmias del corazón. Se la llama vulgarmente dedalera por la forma de su flor, ya que los niños solían jugar con ellas enfundando los dedos en su interior. La especie que crece entre estos canchos y bajo la sombra de los quercus es la Digitalis thapsi.

la dedalera, cuando es dada en grandes y repetidas dosis, ocasiona vómitos, diarrea, mareos y visión confusa, apareciendo los objetos en tonos verdes y amarillos

Pues bien. Resulta que la biloria, como se la conoce por estas tierras, provoca ilusiones y anomalías ópticas de diversa clase. Se sabe desde antaño, y es algo empíricamente contrastado. Benjamín almacenaba decenas de publicaciones que describen sus efectos sobre los sentidos: visión borrosa o doble, coloraciones anómalas en los objetos, centelleos o halos luminosos, alucinaciones ópticas de todo tipo. Sin embargo, aunque el conocimiento científico de estos efectos es relativamente reciente, nada parece contradecir que los antiguos pobladores de esta región fueran desconocedores de estas propiedades, y usaran la dedalera para comunicarse con el más allá. En algunos cuentos y canciones populares así se insinúa.

Eso es, ahora encaja todo, ¿verdad? Benjamín se embiloriaba fumando las hojas secas de esta planta hasta el delirio, primo, estoy seguro. Así entraba en trance para estar en comunión con los espíritus del monte. Esa es su verdad.

He recorrido los mismos senderos que mi hermano, he sacado del olvido sus esculturas perdidas en el monte, he intuido lo que él veía en esos canchos, he logrado sentir lo que él. Y he fumado la dedalera, también, sí. Es cierto todo lo que cuentan de ella. Benjamín tenía motivos para perder la razón: esa planta está cargada de veneno por los dedos del mismo demonio.

El fruto de toda esta labor de exploración y experimentación son estas fotos —del monte, de los canchos, de las alucinaciones e ilusiones que bajo el influjo de la digital se es capaz de tener— que te mando en este álbum, por si te apetece publicarlas en esa revista que diriges.

Ya me dices.

Chau, primo, un beso.